13 agosto, 2019

En la búsqueda de la irresistible tentación al chocolate

¿Por qué ese alimento antojadizo, reconocido y bien cotizado ya por las civilizaciones precolombinas, termina transformándose muchas veces en una intensa y persistente adicción?

¿Por qué es el chocolate prácticamente irresistible hasta para los paladares más porfiados? ¿Porque es rico, simplemente? Aunque sensata, esta última no parece una respuesta demasiado convincente. Tiene que haber alguna otra razón. ¡Veamos!

Desenvolver ese misterio, (¿por qué es el chocolate tan adictivo?), fue lo que motivó, precisamente, a que un grupo de científicos se emprendiera en una obcecada búsqueda que no cesaría hasta dar con las hipotéticas sustancias contenidas, y al acecho, dentro de la dulce oscuridad de las deliciosas barritas de chocolate en rama, bombones o en cualquiera de sus múltiples formas posibles. Finalmente, los investigadores del Instituto de Neurociencias de San Diego, en los Estados Unidos, dieron con la anandamida, una molécula que posee la particularidad de estimular varios sitios cerebrales donde actúan también, los compuestos activos de la marihuana y el hachís (al que, curiosamente,también se lo llama chocolate).

Entre otros efectos conocidos, la anandamida ocasiona un estado de somnolencia y estupor, disminución de la temperatura corporal y cierta anestesia al dolor. Pero lo que aun no se ha podido confirmar, es si aquel químico también produce la sensación de euforia o bienestar, también descripta como estar high. Y hay más. Pomielli, Beltrano y di Tomasa, los autores del trabajo, han advertido que el tiempo de permanencia de la anandamida en los receptores cerebrales es sumamente breve, por lo que su efecto, de haber alguno, sería extremadamente fugaz. Por otra parte, para que esta sustancia pueda ejercer sus acciones y transportarnos, así, por los corredores en donde el tiempo y el espacio se vuelven más relativos aún, habría que consumir, según investigaciones anteriores, alrededor de 15 kilos de la pasta proveniente del cacao. Por tal motivo, más de un experto ha descartado las posibilidades de que los antojos chocolateros tengan relación alguna con la búsqueda inconsciente de sentirse high.

Desde hace tiempo ya se sabía que el chocolate posee una enorme cantidad de compuestos químicos con la capacidad de alterar los estados de ánimos: desde la tan matinal y estimulante cafeína, hasta los mismísimos canabinoides, presentes tanto en la marihuana como en el chocolate. Hay quienes sostienen que los compulsivos amantes del chocolate no hacen más que tratarse, o automedicarse, en sus sombríos días depresivos. Y en el caso de las mujeres, específicamente, ayudaría a apaciguar la depresión premenstrual. Tanto es así que en los días cercanos a la menstruación, el chocolate -que es el alimento con que ellas más suelen antojarse- se vuelve atractivamente irresistible.

La explicación de estos últimos fenómenos serían las siguientes: las altas concentraciones de azúcar contenidas en el chocolate pueden aumentar los niveles de serotonina cerebral, un compuesto químico que, se sabe, intensifica el estado de ánimo (muchas de las nuevas drogas para el tratamiento de la depresión, por ejemplo, estimulan el aumento de serotonina cerebral). Sin embargo, muchos otros alimentos también son ricos en azúcares y no por ello son tan antojadizos.
Las propuestas y teorías sobre el tema, como siempre, llueven. Otros, más románticos, sugieren que el quid de la cuestión está encerrado en los sortilegios de la feniletamina, una molécula que simularía las mismas sensaciones de una persona apasionadamente enamorada. Pero lo curioso es que en un sandwich de salame existe la misma cantidad de feniletamina que en un chocolate común y corriente y, sin embargo, ambos distan de despertar los mismos deseos.

Las publicidades, que asocian al chocolate con compartir momentos íntimos, romanticos y de bienestar, también aportan lo suyo. Y por eso muchos investigadores insisten que todo este asunto de la intensa tentación que produce el chocolate tiene más que ver con algo cultural, aprendido, que con factores meramente fisiológicos. Algo así como un antojo enseñado repetida y progresivamente, que termina por instalarse, en nuestra mente, en el estante de los deseos. Tanto es así, que el entusiasmo por el chocolate, si bien es alto y constante en todo el mundo, varía significativamente de una civilización a otra.

Como fuere, ¿quién puede decirle que no al sugestivo convite de un delicioso chocolate? “No debería”, suele ser la respuesta frente a tal ofrecimiento. Pero la mayoría termina por aceptar, y disfrutarlo. Porque comer un buen chocolate es, a fin de cuentas, un verdadero placer.