Dalai Lama: “La compasión no es completa si no incluye a uno mismo”

Desde el momento en que nacemos, todos buscamos lo mismo: ser felices y evitar el sufrimiento. Ni los estratos sociales, ni el sexo o la edad, ni la ideología política y ni los credos religiosos afectan esa realidad. Y el máximo desarrollo de la paz interior va de la mano con la capacidad de cada persona de ser compasiva y de amar

Básicamente, existen dos formas de compasión: una innata, o biológica; otra aprendida, o moral.
La primera de estas dos formas podemos observarla claramente en el mundo animal.
Un ejemplo sería el amoroso y delicado cuidada de una madre leona con su cachorro; conducta que responde más que nada a los instintos relacionados con la supervivencia.
En los seres humanos, ese mismo ejemplo se refleja en el apego establecido durante los primeros meses de la vida de una persona.

Existen múltiples estudios sobre la relación entre madre e hijo que han demostrado el papel fundamental de este vínculo en el sano desarrollo del niño, así como en la seguridad de su personalidad y en la calidad de sus futuras relaciones.
La segunda forma de compasión está en íntima relación con los valores morales adquiridos a lo largo de nuestro aprendizaje en la vida. Y el “ser compasivo” es una cualidad que puede solo puede ser nutrida, aprendida y desarrollada cuando una persona crece en un contexto amoroso, ecuánime, cooperativo y empático.

Ahora, ¿a qué nos referimos con compasión?
Brevemente, a la capacidad de ponerse en el lugar del otro, y de sentir su dolor.
Es decir, que la compasión tiene que ver con el sufrimiento.
Y, del mismo modo, hablamos de autocompasión cuando podemos adoptar una actitud compasiva hacia uno mismo.
De hecho, la compasión no es completa si no incluye a uno mismo; esto es, poder conectarnos con nuestro ser interior y tratarnos con la misma amabilidad que lo haría una persona que nos ama intensamente.
¿Es simple lograrlo? No siempre. Porque, básicamente, muchas veces cuesta aceptamos tal cual como somos. Pero tampoco es imposible.

“… la compasión no es completa si no incluye a uno mismo”.

Se trata, sí, de un ejercicio que requiere de práctica, paciencia, perseverancia y de la suficiente capacidad de insight, o plena atención de lo que estamos pensando, sintiendo, resistiendo, deseando, siendo
Es, como todo, un proceso que lleva tiempo y requiere de esfuerzo y trabajo personal.

A medida que maduramos espiritualmente, nos encontramos con que una actitud compasiva nos permite ver el sufrimiento de otra manera, comprendernos mejor, y conectarnos íntimamente con uno mismo y los demás.
El secreto está en abrir la mente y el corazón, y en darnos cuenta de que el otro sufre al igual que nosotros, experimenta la misma necesidad de ser feliz y de tener paz en su corazón.
Sin compasión es prácticamente imposible establecer un diálogo abierto o compartir diferentes posturas sin dejarnos enceguecer por las emociones.

“… darnos cuenta de que el otro sufre al igual que nosotros, experimenta la misma necesidad de ser feliz y de tener paz en su corazón”.

Por eso, sé amable siempre que sea posible. Y siempre -aunque a veces cueste muchísimo- es posible.
Un pequeño gesto de amor puede marcar una gran diferencia en la vida de alguien y de la comunidad, ya que la compasión se expande provocando un efecto dominó.
La energía amorosa no tiene límites ni fronteras. Y es el amor es, en verdad, nuestra verdadera esencia y el principal motor del mundo.

Los nuevos principios basados en el cuidado, el amor y la compasión son uno de los puntos claves que ayudarán a transformar al mundo positivamente para darle lugar a una nueva Era de valores humanos y espirituales florecidos.
Las futuras generaciones que sean educadas y criadas con amor, empatía y compasión son las que le traerán paz al mundo y permitirán que, finalmente, reine la armonía en la diversidad.

Inspirado en la Conferencia del Dalai Lama en la Universidad de Stanford sobre el papel de la compasión en la vida individual y en la sociedad.