26 marzo, 2019

Jung, retratado en su Torre

Figura clave de los inicios del psicoanálisis, estudioso de la alquimia y la filosofía oriental, el autor de El libro rojo construyó en Bollingen, Suiza, su morada perfecta, su retiro espiritual, lejos de las distracciones mundanales y cerca de las bondades de la naturaleza. Visitarla es otro modo de acceder a una de las personalidades más fascinantes, complejas y vanguardistas del siglo XX

Por Isha Escribano

Unos días antes de partir hacia Zúrich, mi querido amigo Matías Preindlsperg -psicólogo, poeta y amante de las culturas milenarias-, con un tono entre punzante y afectuoso me espoleó: “No dejes de pasar por Bollingen y de traerme unas piedritas de la casa de Jung”. ¿Bollingen? No recordaba haber oído aquel nombre. “Dalo por hecho”, no obstante, le contesté sin titubear. Y como promesas son promesas, a los pocos días de mi estancia por el país helvético partí en busca de la pequeña aldea erigida sobre la orilla norte del Obersee -una despojada cuenca del lago Zúrich-, que pertenece a la Municipalidad de Rapperswil-Jona, en el cantón de St. Gallen.
En 1922, tras la muerte de su madre, Carl Gustav Jung compró unos terrenos escondidos entre las montañas y las aguas mansas del Obersee, a cuarenta kilómetros de su hogar en la comuna de Küsnacht (cantón de Zúrich) y a unos dos de Bollingen. Allí, en aquel lugar paradisíaco, el autor de El hombre y sus símbolos y figura neurálgica en los albores del psicoanálisis cimentó su morada perfecta, lejos de las distracciones mundanales, donde transcurrió tantos días y noches en absoluta sencillez y comunión con la naturaleza. Allí, en aquel refugio espiritual, fue también donde el célebre psiquiatra, psicólogo y ensayista produjo una buena parte de su prolífica obra, que abarcó no sólo escritos, sino también pinturas en murales y esculturas talladas.

«Allí, en aquel refugio espiritual, fue también donde el célebre psiquiatra, psicólogo y ensayista produjo una buena parte de su prolífica obra, que abarcó no sólo escritos, sino también pinturas en murales y esculturas talladas».

Jung, que había aprendido a esculpir piedra, luego de haber adquirido las tierras de Bollingen comenzó a construir, con escasa ayuda profesional, una muy precaria pero sólida vivienda, sin electricidad, calefacción central ni teléfono, con agua de pozo y cocina de leña. Doce años más tarde, el escueto torreón de roca terminaría por transformarse en el pequeño castillo que hoy se conoce como “La Torre de Bollingen”, y que bien podría sintetizarse como la obra que resume sus obras, o una extensión de símismo, ya que en el transcurso del tiempo Jung fue añadiendo espacios y objetos que conmemoraban nuevas etapas de su vida. A la edificación central se le fueron sumando paulatinamente tres edificios laterales -un vestíbulo, otra torre y un anexo- hasta que en la misma construcción quedó plasmada lo que el fundador de la escuela de Psicología Analítica entendía por estructura psíquica.

El segundo piso -añadido en 1955, luego de la muerte de su esposa (Jung ya tenía 80 años)- simbolizó la “expansión de la conciencia alcanzada en la vejez”; “un sentimiento de haber vuelto a nacer en la piedra”; “una forma de progreso en el camino de la individuación, o conocimiento del sí-mismo: del ego al ser, y hacia la muerte”. Jung pasaba varios meses al año viviendo en Bollingen, así, a secas, que era -como él lo llamaba- su lugar de retiro, meditación y experimentación personal (y hoy, motivo de visitas de todo el mundo), y donde disfrutaba cortando madera, con su familia y amigos, el silencio del bosque, sus lecturas, los paseos en bote.

“La Torre de Bollingen” que bien podría sintetizarse como la obra que resume sus obras, o una extensión de sí-mismo».

Con excepción de un par de vueltas de más, a modo de sinfín entre Rapperswil y Jona -que estiraron las sombras de la tarde y los 40 minutos clavados que sentenciaba el Google Maps-, llegar hasta Bolllingen fue relativamente sencillo. “Hay mapas más exactos que el territorio mismo”, escribió Borges. Y aunque territorio y mapa no sean la misma cosa, yo estaba dispuesta a correr el delito de perderme; de explorar un terreno del que también me sentía parte y que podía llevarme adonde él quisiese. Cavilé, mientras giraba en círculos que se me antojaron banales, sobre el hecho de que no vivimos en un universo puramente físico sino en uno simbólico, y que nada es ni existe en este mundo sin la aprobación de lo científico. Recordé, mientras oteaba alguna pista sobre Bollingen, unas líneas de Sábato sobre la desmedida importancia que se le ha dado en Occidente al intelecto: “El hombre no es un poliedro y ni siquiera un conjunto de silogismos, sino un sutil, intrincado, irracional y absurdo resultado de emociones, sentimientos, fantasías, delirios, sueños y mitos. Y nada de eso es reducible a la razón pura”.

No sin tristeza, pude advertir cómo en este mundo el lenguaje de la imaginación poética se ha ido atrofiando a expensas de uno meramente lógico o científico. A Jung, de hecho, le fascinaba “que un pueblo tan bien dotado e inteligente como el chino no haya desarrollado jamás lo que nosotros llamamos ciencia”, y que, curiosamente, mientras el interés distintivo de esa mente peculiar pase por las coincidencias, aquello que reverenciamos como causalidad casi no sea tenido en cuenta.

Los pensamientos de los viejos maestros tienen para mí mayor valor que los prejuicios filosóficos de la mente occidental”, expresaba, no sin razón, este genial suizo discípulo de Freud -de quien terminó distanciándose años más tarde por disentir en varias de sus doctrinas- que contemplaba el cosmos a la manera del Antiguo Oriente y de la física contemporánea.En 1938, a causa de una invitación del gobierno indio con motivo del veinticinco aniversario de la Universidad de Calcuta, Jung comenzó a interesarse aún más por la meditación, el yoga y el budismo.

“Los pensamientos de los viejos maestros tienen para mí mayor valor que los prejuicios filosóficos de la mente occidental”

Jung, que era un inconformista que se anticipó a su tiempo, comprendía lo misterioso, lo espiritual, lo intuitivo, pero lo rodeaban personas ávidas de rígidas creencias. “Mi querido Jung, prométame que nunca desechará la teoría sexual. Es lo más importante de todo. Vea usted, debemos hacer de ello un dogma, un bastión inexpugnable contra la negra avalancha del ocultismo”, le escribió Freud a su entonces discípulo, en 1910. Al suizo -que llegaría a decir que Freud fue un prisionero de un punto de vista, “una figura trágica, pero un gran hombre”- le inquietaba la visión del maestro vienés sobre los asuntos espirituales. Pero había algo que le preocupaba en particular: la amargura de Freud. “Me daba la impresión de que trabajaba contra su propio objetivo y contra sí mismo; y no existe amargura peor que la de un hombre convertido en el más encarnizado enemigo de sí mismo”, se lee en los Recuerdos, sueños y pensamientos, de Carl G. Jung.

¡Bollingen! De pronto, el letrero con la anhelada inscripción asomó a un costado de la estrecha carretera. De mano derecha, con la pulcritud de una maqueta, corrían silentes las vías del tren. Crucé por debajo del puente de arenisca por donde pasa el ferrocarril y me adentré entre las breves arterias del puñado de viviendas. Bajo la tarde glacial que barajaba aquel martes no había señales de vida ni del paso de un tal Jung por aquella población recóndita. Los fuertes vientos y las intensas nevadas habían dejado a Bollingen literalmente desértica. Retomé la búsqueda por un camino cuesta arriba que me llevó a un caserío ya rural, desde donde se veía el ocaso amarillento sobre el lago, la villa y las montañas.

Un hombre que regresaba a su casa se detuvo para preguntarme si estaba ebria. “En absoluto”, le respondí. “Es que llevo un rato viéndola ir de aquí para allá como si estuviese alcoholizada”, se explicó, en un perfecto y gélido inglés. E inmediatamente, luego de indicarme con exactitud cómo llegar hasta la tan mentada Torre de Bollingen, sugirió que no dejara de visitar, a metros de ahí, la torre que había pertenecido a Marie-Louise von Franz, la discípula, fiel colaboradora y -junto con Barbara Hannah– más genuina exponente de Jung.

Un camino nevado que penetraba el bosque sin herirlo me condujo hacia lo de von Franz. Y tras unos minutos de contemplación en aquel lugarcito digno de cuento de hadas, me despedí del alma de ese ser extraordinariamente humano y partí sin más hacia la casa de su maestro.

Durante su vida Jung realizó varios trabajos en colaboración, como en el libro de yoga taoísta El secreto de la flor de oro, con el sinólogo Richard Wilhelm, o Introducción a la esencia de la mitología, con Károly Kerényi. En la misma línea, cabe mencionar la fluida correspondencia que mantuvo con el filósofo zen D. T. Suzuki. En la década del 20, en su afán de desligarse del prejuicio cultural del hombre blanco, se dedicó a viajar asiduamente y profundizar en el conocimiento de culturas primitivas.
En 1924, a los 49 años, visitó la comunidad de los indios taos en el Estado de Nuevo México. Allí se hizo amigo de Ochwiay Biano (Montaña Lago), el jefe de la tribu, que compartió una observación que tocó en Jung un punto vulnerable.
Los blancos siempre quieren algo: siempre están incómodos e intranquilos. No sabemos qué quieren. No los entendemos. Creemos que están locos”, dijo el cacique, dejando atónito al visitante suizo. Jung le preguntó a Montaña Lago, su primer interlocutor no europeo, por qué creía que los blancos estaban locos. “Todos dicen que piensan con la cabeza”, replicó el gran jefe. “Pues claro”, le retrucó un Jung sorprendido: “¿Y con qué pensáis vosotros?” El jefe indio señaló su corazón.

“Los blancos siempre quieren algo: siempre están incómodos e intranquilos. No sabemos qué quieren. No los entendemos. Creemos que están locos”, dijo el cacique, dejando atónito al visitante suizo.
Jung le preguntó a Montaña Lago, su primer interlocutor no europeo, por qué creía que los blancos estaban locos.
“Todos dicen que piensan con la cabeza”, replicó el gran jefe. 
“Pues claro”, le retrucó un Jung sorprendido: “¿Y con qué pensáis vosotros?”
El jefe indio señaló su corazón.

En algún rincón del mundo han quedado ahora Bollingen junto con la magia y los secretos de la Torre, la roca tallada por Jung en griego y en latín, el atardecer sobre el lago, la afonía del silencio… Confucio, que tuvo la influencia de Lao Tsé, sostenía que existen tres virtudes universales: el coraje, la sabiduría y la humanidad. Asimismo, y al igual que Jung, el maestro chino instruía que el bienestar individual no era completo si no servía a la sociedad. Jung, en su fructífera vida dedicada al camino hacia la integridad, concluyó que todos podemos deshacernos del yo, enfrentarnos a la sombra y ser guiados por el alma y el espíritu. Con yoes humildes y con identidades verdaderas, como sintetiza David Rosen, en El Tao de Jung, podemos renovar el compromiso de ser creativos y servir no sólo a nosotros mismos, sino también a la Madre Tierra y a toda la familia humana.

*Isha Escribano es cantante, música y compositora – creadora de Indra Mantras –; escritora y periodista; médica especializada en psicoterapias individuales y grupales; e instructora de yoga, técnicas de respiración y meditación.