Nuestra identidad nada tiene que ver con lo que creemos

¿Dónde comienza nuestra existencia? ¿Se limita, nuestra historia personal, a la biografía comprendida entre la primera inhalación y la última exhalación? Si somos mucho más que un cuerpo físico que respira, ¿qué somos? ¿Qué nos define? ¿Nuestros gustos, deseos y aversiones? ¿Nuestros pensamientos, sentimientos y sensaciones? ¿O nuestra mente, intelecto, memoria y ego?

Por Isha Escribano

En una realidad donde todo cambia, curiosamente solemos identificarnos con lo que está en constante cambio: ideas, gustos, tejidos y fluidos corporales, roles en la vida, forma de vestirnos…
Por lo pronto, no somos lo que nos han dicho las ciencias occidentales, básicamente sustentadas por el sistema de creencias de la cultura industrial, que termina rebajando la existencia humana a un eslabón mecánico de productividad.

“En una realidad donde todo cambia, curiosamente solemos identificarnos con lo que está en constante cambio”.

Si todas las estructuras estables y absolutas del universo no son más que meras ilusiones, o abstracciones, entonces, y una vez más, ¿qué somos?¿Y si somos energía, vibración, campos de conciencia infinita que transcienden el tiempo, el espacio, la materia y la causalidad lineal, como lo enuncia la física moderna y lo describían hace más de diez mil años los textos védicos?

El físico estadounidense David Bohm -uno de los más prestigiosos físicos cuánticos de todos los tiempos-, describió que la realidad es una totalidad coherente y completa que está implicada en un proceso interminable de cambio, llamado holomovimiento.
Bohm le dedicó al tema dos capítulos de su libro La totalidad y el orden implicado, en el cual afirma que una de las pocas verdades sólidas en este mundo de nombres y formas mutantes es que todo está en constante cambio.

Los antiguos sabios de la India, o rishis, le llamaban viveka, precisamente, a la capacidad de discernir lo permanente de lo transitorio, lo real de lo irreal, lo eterno de lo finito. La total experiencia de reunificación gozosa con la Divinidad, o del contacto directo con nuestro propio ser, es lo que los Upanishads -antiguos textos sagrados sánscrito- describen como Tav tvam asi (o “Tú eres eso”, “Tú eres la Divinidad”).

“Bohm le dedicó al tema dos capítulos de su libro La totalidad y el orden implicado, en el cual afirma que una de las pocas verdades sólidas en este mundo de nombres y formas mutantes es que todo está en constante cambio”.

El psiquiatra checo Stanislav Grof, en su libro La mente holotrópica, relata de manera fascinante la comprensión profunda de los misterios últimos de la existencia: “El universo deja de ser un rompecabezas que debemos comprender para convertirse en un misterio que debemos experimentar. El mundo es absolutamente perfecto, incluida nuestra insatisfacción y nuestros vanos intentos por cambiarlo. La comprensión de la identidad fundamental de la conciencia de la persona con el principio creativo del universo constituye una de las experiencias más profundas que se pueden tener en el transcurso de una vida. Estas sensaciones suelen ir acompañadas de la certeza de que este conocimiento es mucho más valioso y real que las creencias y las percepciones que sostenemos y compartimos en la vida cotidiana”.Víctor Hugo, en Los miserables, nos recordó: “Hay un espectáculo mayor que el mar y es el cielo. Hay un espectáculo mayor que el cielo y es el interior del alma”.
Rusty Schewickart, en su espectacular crónica del vuelo del Apolo 9 -cuya misión consistía en la de ensayar el módulo lunar para futuras exploraciones tripuladas hacia la superficie lunar-, vivenció una profunda transformación de su consciencia mientras su vehículo espacial daba vueltas y vueltas sobre la Tierra.
Primero, en su “éxtasis oceánico”, comenzó a tener cada vez más dificultades para definirse e identificarse a sí mismo como miembro de un país determinado, y a reconocer que su identidad no tenía nada que ver con un lugar concreto. Entonces, se sintió identificado con toda la Humanidad: “Cuando miras hacia abajo no percibes ningún tipo de fronteras. Cientos de personas matándose unos a otros por una línea imaginaria que ni siquiera puedes llegar a percibir. Desde aquí el planeta es una totalidad tan hermosa que desearías tomar de la mano uno por uno a todos tus semejantes y decirles: «¡Míralo desde aquí. Date cuenta de lo que es verdaderamente importante!»”

¿Estás dispuesto, entonces, a ser absorbido, borrado y aniquilado? ¿Estás preparado para no ser nada, para desaparecer en el olvido?, como nos pregunta D. H. Lawrence. Porque, “si no lo estás -advierte el escritor inglés-, jamás podrás cambiar realmente”.
El proceso de muerte del ego, o no-mente, y posterior renacimiento, nos libera de una postura paranoide, de encierro y a la defensiva con el mundo, y hacia él.
En otras palabras, a medida que se disuelve el ego -es decir, aquello que nos separa y que genera “lo otro”-, comenzamos “a ver” con mayor claridad; la mente se calma, y la percepción del mundo y de uno mismo deja de estar distorsionada.
La imagen de la luna reflejada sobre la superficie de una laguna en calma es “textualmente” igual a la real.
De igual forma, cuando sentimos la unidad con la Totalidad, percibimos su extraordinaria relevancia, sencillez y belleza.

Pneuma, en el cristianismo místico; Allah, en el sufismo; Kether, en la kábala; Brahman, en el hinduismo; Dharmakaya, en el budismo mahayana; Tao, en el taoísmo… A lo largo de la historia, todas las tradiciones místicas y religiosas nos han enseñado que no solo es posible conectar de manera vivencial con la energía creadora, sino que cada ser constituye, en sí mismo, una encarnación a imagen y semejanza de esa infinita matriz inteligente y amorosa que todo lo permea.

Todos los límites son arbitrarios e ilusorios y por tanto pueden ser trascendidos.
De ahí los términos “religar”, del latín religāre, y “yoga”, que procede del verbo sánscrito yuj. Cognado de la misma raíz indoeuropea de los términos castellanos yugo y conyugal, la raíz yuj significa colocar el yugo (a dos bueyes, para unirlos).
De hecho, los términos yoga y religión -unir, recordar, conectar, ligar- sintetizan la finalidad básica del ser humano en esta Tierra: volver a unirnos con Dios, con la Divinidad, con la Totalidad; con la existencia de ese sustrato que subyace al diseño del universo entero, y cuya magnitud solo es comparable a la profundidad del extraordinario amor que lo ha inspirado. ¿Y qué otro mayor servicio podríamos rendirle a “esa existencia”, que el de apreciarla, reverenciarla y celebrarla a cada paso y en cada aliento de nuestra propia vida

*Isha Escribano es una cantante, música y compositora transgénero – creadora de Indra Mantras –; escritora y periodista; médica especializada en psicoterapias individuales y grupales; e instructora de yoga, técnicas de respiración y meditación.